Los ojos de la cajera del
quiosco
en la esquina de la plaza
son un atardecer a medio
caer.
Las mesas vacías están
secas
bajo las sombrillas
de lona gruesa,
pesadas con lluvia.
Pero la plaza reluce
en la lluvia,
sacudiéndose la
mierda de las palomas,
el sirop pegajoso de
las piraguas, la costra
de todos estos días
de verano y los polvos
inmisericordes que le
ha echado el sol.
Las vitrinas se
reflejan una en otra
una y otra vez hasta
deshacerse en charcos.
La ciudad vieja
entera cabecea como
el hindú de la tienda
de souvenirs sentado
en un taburete junto
a la puerta.
Mientras, aquí en
Hato Rey,
allá abajo en el
fondo
entre los edificios,
las primeras bocinas
empiezan a joder.